Les dejo un gran artículo publicado esta semana por mi tía Ana Maria Velasco, sobre el uso del lenguaje en Chile. Para pensar: ¿Ven alguna conexión entre este artículo y el post publicado por Ignacio Fernández en este blog hace algunos minutos?
Hablemos del idioma
Uno de
los temas candentes en el Chile de hoy es la reforma a la educación; se habla
de acortar carreras, aumentar la educación tecno-científica, mejorar la
vocacional. Sin embargo, nadie parece preocuparse de lo más esencial en todo tipo
de educación: la buena comunicación.
¿Qué saca
el mejor científico nuclear chileno si no puede exponer claramente sus ideas a
quienes, por ejemplo, deben decidir si Chile opta o no por la energía nuclear?
Esa comunicación se efectúa a través del uso correcto del idioma, el que parece
estar en decadencia en nuestro país.
En el
mundo hay unos 380 millones de hispanoparlantes, distribuidos en más de 23
países. En consecuencia, parecería muy difícil que nos entendiéramos unos a
otros, sin embargo, lo hacemos. Pero esta comunicación se produce cuando
dejamos de lado nuestros modismos, sean chilenismos, mexicanismos y hasta
estaouneidismos, y empleamos un registro equivalente al de una persona
con estudios secundarios o más altos.
Los giros
idiomáticos de cada país, de cada generación y de cada cultura, son
perfectamente legítimos y, como bien sabemos, fuente de infinitas anécdotas
cuando comparamos los usos particulares de cada “…ismo”. Pero el científico
nuclear no va a emplear estos términos para presentar su punto de vista; su
herramienta, en especial a nivel internacional, es lo que podríamos llamar un
castellano “correcto”, es decir, el que nos permite la comunicación con
nuestros pares hispanoparlantes.
¿En qué
consiste un castellano “correcto”? En el uso de ciertas convenciones del idioma
que comparten todos sus hablantes, a las que comúnmente se llama “gramática”. A
este efecto, hay que recordar que primero vino el idioma y después la
gramática, si a ésta se la considera como un intento de sistematizar los
patrones lingüísticos que tienen internalizados los hablantes de un mismo
idioma. Algunos de esos patrones pueden ser “arbitrarios”, en el sentido que se
desvían de lo regular (lo que en general se debe a la evolución del idioma),
pero el hecho es que cualquier hispanoparlante con cierto nivel de cultura
emplearía el vocablo “cupo” en lugar de “cabió”. Es decir, la comunicación
entre quienes hablamos castellano se basa en que, querámoslo o no, nos
expresamos utilizando los mismos patrones lingüísticos que hemos internalizado
como “correctos” o “gramaticales”.
No
obstante, basta con leer la prensa o escuchar los noticiarios televisivos para
llegar a la conclusión de que en este país no se comparten ciertas de las
convenciones lingüísticas existentes en el castellano. Por lo tanto, quienes
dicen que en Chile se habla un “mal” castellano, tienen razón. Y lo peor es que
los medios de comunicación, incluso los “mejores”, los que deberían preocuparse
especialmente de ser los modelos a seguir en cuanto al uso del idioma, son los
que están en la vanguardia de romper con ciertas convenciones.
Me voy a
referir solamente a dos de los casos más flagrantes que se leen y oyen a
diario: el uso del participio pasado “electo” y del comparativo “más (o menos)
que lo que”. En cuanto al primero, en la sección Reportajes de El
Mercurio del 10 de febrero del 2013, p. D5, se lee: 1996, Orrego “Es
candidato a alcalde por Peñalolén y sale electo concejal” y más adelante, 2008,
Orrego “Es reelecto alcalde de Peñalolén con el 58,36% de los votos”. En CNN
Chile, el 17 de febrero, en las noticias del mediodía dijeron: “Según las
encuestas, Rafael Moreno sería reelecto a la presidencia”. En la primera página
de El Mercurio del 18 de febrero del 2013, también en relación con las elecciones
en Colombia, dice: “Con el 57% de votos escrutados esta madrugada, el
Mandatario era reelecto con el 56,9 de los sufragios”. En todos los casos
anteriores, los vocablos correctos son “elegido” y “reelegido”.
En cuanto
al segundo caso, en la sección Economía y Negocios de El Mercurio
del 9 de febrero del 2013, aparece el siguiente titular: “DGAC responde a LAN:
fallas en las cintas que transportan equipaje son muchas menos que las que
denuncia la empresa”, cuando lo correcto es “...muchas menos de las que…”.
Elegido
vs. electo
En
castellano, el participio pasado (las formas verbales que terminan en –ado,
-ido) cumple dos funciones: se lo utiliza en verbos compuestos o como adjetivo.
Ejemplos: la poesía de Pablo Neruda ha sido admirada (verbo compuesto)
en todo el mundo. El admirado (adjetivo) Pablo Neruda ha sido
traducido a muchos idiomas.
Sin
embargo, hay varios verbos que tienen dos formas del participio pasado, una
regular (terminada en –ado, ido) y una irregular, que no tiene siempre la misma
terminación. Entre estos participios pasados se cuentan elegido y electo;
corrompido y corrupto; freído y frito; imprimido e impreso, entre otros. En
estos casos, el participio pasado regular se usa con las formas verbales
compuestas y el irregular se usa como adjetivo. Así, por ejemplo, se
dice “El presidente Pérez ha sido tan corrompido (forma verbal
compuesta) por los zares de las drogas, que ha pasado a ser el
presidente más corrupto (adjetivo) de la historia del país”. O, “lo
bueno de esos huevos fritos (adjetivo) es que fueron freídos en
agua, por lo tanto tienen menos calorías que si se hubieran freído (formas
verbales compuestas) en aceite.
Por lo
tanto, en la cita de El Mercurio, Orrego “Es candidato a alcalde por Peñalolén
y sale electo concejal”, debería decir “sale elegido”
(forma verbal compuesta), con lo cual pasa a ser un concejal “electo”
(adjetivo) hasta que asuma su cargo. Lo mismo con “reelecto”: “Según las
encuestas, Rafael Moreno sería reelecto a la presidencia”, cuando lo correcto
es: Rafael Moreno “sería reelegido” a la presidencia, tras lo cual será el
presidente reelecto, hasta que asuma su cargo. Es tan prevalente el mal uso que
se hace en Chile del vocablo “electo”, que se puede llegar a pensar que en este
país se ha inventado el verbo “electar”.
Más (o
menos) que lo que vs. Más (o menos) de lo que
Los
comparativos en castellano pueden ser simples o compuestos. En el primer caso,
se compara un solo elemento, como un adjetivo o adverbio, o una forma verbal
que implica una sola idea.
Un
comparativo en una oración muy simple es, por ejemplo: Juan es más alto que
Pedro. El mismo comparativo se puede emplear en una oración menos simple: En
las elecciones pasadas se presentaron a votar menos (o más)
personas que en todas las elecciones pasadas. Pese a que esta oración no
es tan simple como la primera puesto que presenta una idea más complicada, no
por ello es lo que se llama una oración compleja, es decir, una oración
que contiene por lo menos dos formas verbales. Y cuando lo que comparamos es la
idea que encierran esas dos formas verbales, la expresión “más (o menos) que
lo (la, las, los) que” simplemente no existe. La expresión correcta es “más
o menos de lo (la, las, los) que”. Por lo tanto, el titular de El
Mercurio debería decir: “…fallas en las cintas que transportan equipaje son
muchas menos de las que denuncia la empresa”, esto porque se están
comparando las ideas que encierran los verbos transportar y denunciar,
en relación al sustantivo “fallas”, el cual conserva el género y el número (las).
Otro ejemplo similar es el siguiente: En lo que va corrido del año, la
inflación es más baja de lo que había previsto el gobierno. Como
en este caso la comparación se refiere al adjetivo baja, no se conserva
el género ni el número, por lo tanto, se usa lo.
¿Y cuál
es la importancia de todo lo anterior? Los errores mencionados se consideran
“no gramaticales”, es decir, se apartan de los patrones lingüísticos o
presupuestos del castellano que compartimos casi 380 millones de personas y por
lo tanto presentan una traba a una buena comunicación. Dicho de otra forma, si
un chileno usa el vocablo “electo” en lugar de “elegido” en una ponencia
internacional, el público hispanoparlante de otros países va a levantar una
ceja pensando que en realidad quiso decir “elegido”, o puede también que no
entienda claramente lo que quiso decir el chileno.
Otra
repercusión del mal uso de la lengua en Chile, es que los profesores de
castellano como segundo idioma generalmente evitan recomendar a sus alumnos que
usen la prensa ni la televisión chilenas como modelos para aprender castellano,
como tampoco les recomiendan pasar algún tiempo en este país para perfeccionar
sus conocimientos del idioma.
En
resumen, para ser los líderes que pretendemos ser, debemos preocuparnos de
incentivar el uso adecuado de nuestro idioma, tanto escrito como hablado. Para
ello, se debería fomentar la lectura y el uso de bibliotecas, además de exponer
a los estudiantes a cursos obligatorios de castellano en todos los niveles. Solo
de esta manera podrán lucirse tanto nuestros medios de comunicación como
nuestros conferencistas a nivel internacional.
Muy interesante el artículo que publicaste. Estoy bastante de acuerdo con la opinión de la autora respecto a lo horroroso que resulta a veces leer la prensa escrita. Emol es una especie de "pesca milagrosa" para encontrar "chascarros" gramáticales y de redacción. Es más, si uno se pone a leer los comentarios que las personas hacen de cada noticia, uno se puede dar cuenta rápidamente de lo pésimo que escribe el promedio chileno. Lo peor es que muchos de ellos piensan tener la razón, y entregan argumentos que parecen ser buenos, pero que pierden validez debido a su pésima redacción y ortografía.
ResponderEliminarEn base a mi experiencia, las personas que escriben (y hablan) mal son aquellas que leen poco, y las personas que leen poco están menos informadas, y por tanto su opinión menos fundamentada. Es como la frase célebre de la radio Bio-Bio, esa que termina con "no puede tomar decisiones".
Yo encuentro "chorísimo" el uso de modismos como parte de la evolución del vocabulario, y considero que es fascinante comprender cuáles son los factores que producen la aparición de nuevas palabras, y cuál es el sentido de identidficación cultural respecto al uso de éste. Ahora bien, creo que ser capaz de hablar y escribir bien en un contexto de comunicación extendida (público objetivo amplio) es una capacidad que lamentablemente desarrollamos poco en nuestro país, pero que claramente es una herramienta fundamental.
Hablar y escribir bien es la única forma para que la información que uno pretende comunicar llegue de forma integra a nuestro receptor. El problema es que para que nuestro receptor nos entienda también tiene que ser capaz de entender lo que lee o escucha. Por tanto, tenemos un circulo vicioso que jamás se va a resolver si los medios de COMUNICACIÓN enseñan a utilizar mal las herramientas para comunicarnos de forma eficiente y eficaz.